Ríe y el mundo
reirá contigo, llora y llorarás solo. Así dice un proverbio que escuché
recientemente en una película. No sé qué tan cierto sea lo anterior, pero eso
me hizo pensar en lo estigmatizada que está la soledad. Y si no me crees,
acuérdate de aquella vez que fuiste solo a beber a un bar o peor aún: el día en
que fuiste solo al cine. Aunque en realidad me refiero a un único tipo de
soledad: la soltería.
No entiendo (bueno
sí entiendo, pero no quiero aceptarlo) por qué la sociedad te impone la idea de
buscar a esa “persona especial” para compartir la vida. Sé que es una idea muy
arraigada, quizá para preservar la especie y demás. Si tienes treinta y cinco
años y sigues soltera, ya te quedaste a
vestir santos; serás la tía solterona a la que toda la familia mirará con
lástima en las reuniones.
La televisión y el
cine –y anteriormente la radio—se han encargado de pintarte el mundo amoroso de
color de rosa. Tropezarás con mil piedras, besarás cien sapos; pero al final,
encontrarás al amor de tu vida y serán felices por los siglos de los siglos
amén. Formarán una familia, tendrán un lindo hogar y morirán siendo ancianos
tomados de la mano en su cama.
Sin embargo, la realidad
dista, y por mucho, de ese mundo feliz que las películas muestran. Sí, admito
que hay parejas que la verdad, hacen creer en el amor eterno nomás de verlas.
Pero si todo fuera así, no existiría el divorcio… ni “Lo que callamos las
mujeres” y “Laura en América”.
Además de la
presión social, tengo la hipótesis (y estoy segura de que no soy la única que
lo piensa) de que los seres humanos tememos a la soledad porque nos aterra la idea de
encontrarnos con nosotros mismos, con una versión nuestra que quizá no nos
agrade tanto. Una versión que nos desnudará –en el sentido figurado—frente a
nuestra propia persona, pues al no tener a nadie más con nosotros, nos
quitaremos las máscaras.
Pero bueno… yo
estoy aprendiendo a disfrutar de la soledad. La estoy aceptando, abrazando,
apapachando y, como diría un profesor, me la estoy fajando. En realidad no es
tan difícil. Nada como caminar sola por las calles pensando en todo y en nada
al mismo tiempo; no tener preocupaciones por ¿qué le voy a regalar en su
cumpleaños? Y no olvidemos el tiempo (y dinero) libre que tiene uno para invertir en sí
mismo.
Además… ¿cómo
sentir el calor de la compañía si no sientes a la soledad antes? Bien lo dijo
Descartes, necesitamos polos opuestos como puntos de comparación. La perfección
no existiría sin la imperfección.
Aunque no niego que
busque a alguien o que quiera a alguien para compartir “mi vida”. Digo… ahorita
pienso eso porque soy joven y tengo muchos amigos, jaja. Tampoco es que me
cierre a la idea esa de formar una familia, pero pues no es algo que me quite
el sueño, ni mi principal objetivo en la vida.
Y como diría
aquella canción: “Mi soledad… siempre he pertenecido a ti”.